¿Has sentido que algo no va bien en tu boca, pero tus dientes parecen estar en perfecto estado? ¿Te han hecho una radiografía por otra razón y de repente aparece una mancha oscura en la raíz de un diente que no te duele? Lo más probable es que estés ante un caso de reabsorción dental externa, una de esas condiciones que actúa a escondidas y, si no se detecta a tiempo, puede provocar la pérdida del diente sin previo aviso.
No es una caries, no es una infección típica, y muchas veces ni siquiera provoca síntomas. Pero cuando el cuerpo comienza a “digerir” su propio diente desde fuera hacia dentro, es hora de prestar atención.
La reabsorción externa es un proceso patológico en el cual el organismo empieza a destruir el tejido duro del diente, normalmente desde la raíz hacia la corona. Es como si el sistema inmunológico confundiera una parte del diente con tejido que necesita eliminar y comienza a atacarlo.
Este tipo de reabsorción puede afectar cualquier pieza dental, aunque es más frecuente en los incisivos superiores y en dientes que han sufrido traumas, ortodoncia o han estado sometidos a presión excesiva. En las primeras etapas, es completamente asintomática, y solo se detecta mediante radiografías o escaneos avanzados.
La reabsorción externa puede tener muchas causas, pero todas comparten un punto común: algo ha alterado el equilibrio del tejido periodontal, generando una señal que el organismo interpreta como “reparación” o “eliminación” de un tejido dañado.
Entre las causas más frecuentes encontramos:
La clasificación de la reabsorción externa es clave para su diagnóstico y tratamiento. Aunque existen varios subtipos, los tres más relevantes desde el punto de vista clínico son los siguientes:
Se produce tras un trauma o una infección periapical. El hueso y el cemento radicular se inflaman, lo que activa los osteoclastos que comienzan a destruir la raíz. Es frecuente tras lesiones o necrosis pulpar.
Aparece justo por debajo del margen gingival. Es de las más peligrosas, porque avanza sin dolor ni señales externas, y puede llegar a destruir gran parte del diente sin que el paciente lo note. A menudo se detecta por casualidad.
Ocurre cuando la raíz es reemplazada directamente por hueso. El diente se “fusiona” al hueso alveolar y pierde su ligamento periodontal. A largo plazo, queda inmóvil y puede hundirse respecto al resto de dientes, especialmente en pacientes jóvenes.
Aquí está uno de los mayores retos. En sus fases iniciales, la reabsorción externa no provoca dolor, sangrado, ni ningún tipo de molestia. El diente luce completamente normal y funcional. Por eso es tan importante realizar controles periódicos con radiografías, especialmente si has tenido alguno de los factores de riesgo mencionados.
Las herramientas más útiles para detectar una reabsorción externa son:
Aunque no haya dolor, hay pequeños indicios que pueden despertar la alerta en casa. Por ejemplo:
Lamentablemente, este proceso no se detiene solo. Si no se interviene, la destrucción continúa hasta comprometer el nervio, perforar la raíz o incluso provocar una fractura completa del diente. Y cuando eso ocurre, la única solución posible puede ser la extracción.
Además, las lesiones avanzadas pueden dificultar la colocación de implantes en el futuro, ya que generan pérdidas óseas que deben regenerarse antes de iniciar un tratamiento de sustitución.
Sí, pero depende del estadio y del tipo de reabsorción. Cuanto antes se detecte, más probabilidades hay de mantener la pieza dental.
El tratamiento puede incluir:
En algunos casos, sí. Si la reabsorción ha afectado una gran parte de la raíz o de la estructura interna, puede ser necesario reforzarlo con una férula de contención, una corona o incluso una reconstrucción postendodóntica para evitar fracturas.
Aunque no siempre se puede evitar del todo, hay algunas estrategias que ayudan a reducir el riesgo:
Lo primero es mantener la calma. La mayoría de las reabsorciones dentales externas pueden tratarse con éxito si se abordan a tiempo. El odontólogo valorará si el daño es estructural, si hay compromiso pulpar y si se puede reconstruir el diente de forma segura.
Cada caso requiere un enfoque individualizado. A veces bastará con un sellado, otras se necesitará una endodoncia o incluso una cirugía menor. Lo importante es actuar antes de que el proceso se vuelva irreversible.
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